Ser Carmelita

I. Orígenes de nuestra vocación

 

Los Hermanos Descalzos de la Orden de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo forman parte de una familia religiosa, que, inserta en el Pueblo de Dios y enriquecida con un carisma propio, cumple una misión peculiar en el Cuerpo místico de Cristo.

 

Encontramos esta «forma de vida» originaria en la Regla de san Alberto de Jerusalén, cuyas prescripciones principales se nos proponen como norma de conducta:

  • vivir «en obsequio» de Jesucristo y servirle con corazón puro y buena conciencia, esperando de solo él la salvación; prestar obediencia al Superior con espíritu de fe, fijándonos más que en su persona en la de Cristo;
  • meditar continuamente la ley del Señor, cultivando la lectura divina y fortaleciendo el alma con pensamientos santos, a fin de que la Palabra de Dios nos pueble los labios y el corazón con toda su riqueza y todo se realice por la misma Palabra del Señor;
  • celebrar a diario en común la sagrada liturgia;
  • ponernos las armas que Dios nos da, vivir con mayor hondura la fe, la esperanza y la caridad y seguir, por el camino de la ascesis evangélica, el ejemplo de gozosa entrega al trabajo, que nos ofrece el Apóstol;
  • renovar la comunión de vida con la fraterna solicitud por la observancia comunitaria y la salvación de las almas, con la mutua corrección caritativa, con la comunicación de todos los bienes bajo la autoridad del superior puesto al frente de los religiosos a título de servicio;
  • cultivar sobre todo la oración asidua en un ambiente de soledad, silencio y vigilancia evangélica;
  • proceder en todo, pero especialmente en las obras supererogatorias, con discreción, ya que ella regula la práctica de la virtud.

II. Carisma Teresiano

El origen de nuestra familia en el Carmelo y el sentido más profundo de nuestra vocación están estrechamente vinculados a la vida espiritual y al carisma de santa Teresa, y sobre todo a las gracias místicas, bajo cuyo influjo concibió ella el propósito de renovar la Orden, orientándola por completo hacia la oración y contemplación de las cosas divinas, sometiéndola fielmente al Evangelio y a la Regla «primitiva», organizándola sobre la base de pocos miembros y éstos escogidos a la manera del pequeño rebaño evangélico y «fundándola en estrechura, oración y estricta pobreza».

La vocación del Carmelo renovado se define en plenitud gracias a la progresiva experiencia eclesial de la santa Madre. Iluminada por este don singular, Teresa fijó la atención en los pueblos aún no cristianos y en adelante se sintió atraída a la contemplación del inmenso horizonte misional. Todo ello contribuyó a que la Santa pusiese primero de manifiesto la madurez de su espíritu apostólico y decidiese luego, no sólo propagar el grupo primitivo de descalzas, sino también asociar a su obra frailes animados del mismo espíritu.

 La santa Madre, al renovar la familia de los frailes, se propuso asegurar el mantenimiento y la promoción de la vocación de las monjas, valiéndose para ello de religiosos que compartieran idénticos ideales, y prestar a la Iglesia un múltiple servicio lo mismo con la oración que con el apostolado de estos hijos

En todas estas iniciativas Teresa pretendió mirar fielmente por la continuidad del Carmelo. Y así transmitió con nuevo aliento a su familia renovada la devoción a la santísima Virgen María del Monte Carmelo. Trató de legarle en herencia espiritual la comunión con los modelos bíblicos, profetas y santos Padres del Carmelo, como ella la vivía. Asumió la Regla en su genuino espíritu y se la propuso a sí misma y a su familia, después de asignarle nuevas metas apostólicas.

La santa Madre quiso marcar su Obra con una forma y estilo peculiares de vida: fomentando las virtudes sociales y demás valores humanos, cultivando la alegría y suavidad de la vida fraterna en un cordial ambiente de familia, inculcando la dignidad de la persona humana y la nobleza de alma , elogiando y promoviendo la formación de los religiosos jóvenes, el estudio y el cultivo de las «letras», ordenando la mortificación y los ejercicios ascéticos de la comunidad a una más profunda vida teologal y acomodando estas prácticas al ministerio apostólico, alentando la comunión entre las distintas casas y la amistad evangélica entre las personas.

Al realizar la santa Madre su proyecto, la divina Providencia le dio a san Juan de la Cruz por compañero. En efecto, tan pronto como Teresa lo conoció y echó de ver que estaba movido de sus mismos deseos y preparado por el Espíritu Santo, lo ganó para su carisma, descubriéndole la idea de renovación espiritual en la misma Orden de fa santísima Virgen . Sin pérdida de tiempo lo inició en el estilo de vida que había implantado entre las monjas. Así nuestro santo Padre comenzó en Duruelo esta forma de vida en total sintonía con los criterios y el espíritu de Teresa.Precisamente la santa Madre consideró a Fray Juan como «muy padre de su alma», mientras le tuvo de director espiritual. Él, a su vez, reconoció en ella a la iniciadora del Carmelo renovado, atribuyéndole de buen grado el carisma que Dios otorga a los fundadores.Así, pues, los dos Santos, por el hecho de impulsar toda la Orden carmelitana, lo mismo la masculina que la femenina, a un nuevo estilo de vida, «echaron en cierto modo los nuevos cimientos de la Orden».

Dios preparó a la santa Madre con una vida y experiencia espiritual, que la iban a convertir en maestra y egregio modelo de nuestra vida. Pero hemos de ver la imagen viva del auténtico carmelita en nuestro padre san Juan de la Cruz, quien puede repetirnos aquella invitación del Apóstol: «Sed imitadores míos, como yo lo soy de Cristo» (1Cor 4, 16; 11, 1), ya que en su existencia se manifiesta esplendorosa la vocación del Carmelo renovado a través de hechos y la doctrina.

Por consiguiente, nuestra manera de vivir resplandece a la perfección en la persona de los dos Santos y se expresa y configura en sus escritos, de suerte que los carismas de que ellos gozan y el género de vida espiritual que nos proponen, incluso en lo referente a un trato más íntimo con Dios y a la experiencia de las realidades divinas, no deben considerarse como estrictamente personales, sino más bien como pertenecientes al patrimonio y a la plenitud de la vocación de nuestra Orden.

El Señor en su bondad concedió la dádiva de esta gracia a los miembros de toda la Orden, con el fin de que el carisma carmelitano se conozca cada vez más a fondo y fructifique y se difunda conforme a los dones que el Espíritu comunica a nuestros religiosos. 

 

III. Elementos primordiales de nuestra vocación 

Teniendo en cuenta los orígenes de nuestra vocación y el carisma teresiano, cabe enumerar aquí los siguientes elementos primordiales de nuestra profesión: 

a) Abrazamos la vida religiosa «en obsequio de Jesucristo», apoyándonos en el común destino, la imitación y el patrocinio de la santísima Virgen, cuya forma de vivir constituye para nosotros un modelo de configuración con Cristo. 

b) Nuestra vocación es fundamentalmente una gracia, que nos impulsa, en una comunión fraterna de vida, a la «misteriosa unión con Dios» por el camino de la contemplación y de la actividad apostólica indisolublemente hermanadas al servicio de la Iglesia. 

c) Estamos llamados a la oración, que, alimentada con la escucha de la Palabra de Dios y la liturgia, nos conduce al trato de amistad con Dios, no sólo cuando oramos, sino cuando vivimos. Nos comprometemos en esta vida de oración, que se ha de nutrir de la fe, la esperanza y sobre todo la caridad divina, a fin de poder, una vez purificados los corazones, profundizar en nuestra vocación cristiana y disponernos a una efusión más copiosa de los dones del Espíritu Santo. Así participamos del carisma teresiano y llevamos adelante la inspiración originaria del Carmelo, envueltos por la presencia y el misterio del Dios vivo. 

d) Pertenece al mismo ser de nuestro carisma penetrar de celo apostólico la oración y toda la vida consagrada, trabajar de distintas maneras en servicio de la Iglesia y de los hombres, para que de verdad «la acción apostólica dimane de la íntima unión con Cristo», más aún, aspirar también a la sublime forma de apostolado que fluye de la plenitud del «estado de unión con Dios». 

e) Pretendemos realizar ambos servicios, el contemplativo y el apostólico, formando una comunidad fraterna. De este modo, fieles a la idea primitiva de santa Teresa de fundar una minúscula familia a imagen y semejanza del pequeño «colegio de Cristo», gracias a nuestra comunión de vida basada en la caridad, nos convertimos en testigos de la unidad de la Iglesia. 

f) Por último nos esforzamos en edificar nuestra vida el cimiento de la abnegación evangélica, conforme a la Regla y las enseñanzas de nuestros santos Padres.

 

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