El cristiano para perfeccionarse en la vida religiosa, necesita poseer varias cualidades y el indígena posee todas las cualidades necesarias para ser religioso/a en un estado óptimo.


Espíritu de Comunidad: para el indígena la comunidad es mayor que el
individuo. Tiene orgullo de ser útil a la comunidad. Vive en comunidad y
fuera de ella pierde su personalidad.


Religiosidad: otra cualidad sobresaliente del indígena es la religiosidad; el
indígena es profundamente religioso; con qué facilidad habla con Dios,
comprende la Palabra de Dios, la proclama con unción y relaciona toda su
vida con Dios.

Desprendimiento: el estado en que vive el indígena le hace apto para la
vida de pobreza religiosa.


Vida comunitaria: la vida comunitaria, corresponsable y organizada con
leyes y autoridades respectivas y jerárquicas dispone al indígena para la
obediencia religiosa.


Castidad: aquí, muchos se preguntan ¿si el indígena abrazaría el celibato o
la virginidad? El indígena no es diferente de los demás hombres para
quienes sacrificar la vida sexual es una amputación dolorosa.


Caridad y servicio: la hospitalidad, la generosidad, disponibilidad del
indígena hacia los demás le hace muy apto para la vida religiosa.


Y dados estos presupuestos, ¿por qué no hay más vocaciones religiosas
entre los indígenas? Hasta ahora, casi en exclusiva, lo único que ha
aportado el indígena a la Iglesia es su folklore, trajes más o menos
atractivos, ritos y costumbres religiosas, milenarias; esto es un ropaje
exterior, pero, su espíritu interior, su corazón, ¿dónde están?


Se dice que el hábito no hace al monje. Ni el traje típico al indígena. El
indígena no puede servir a Dios con espíritu de un oriental: llámese,
Teresa de Jesús, Domingo, Ignacio, Vicente,… Los indígenas tienen
vocación particular en la Iglesia Universal. No deben ser absorbidos por
corrientes latinas u orientales, sino que en ellos deben florecer sus
manifestaciones de Cristo Resucitado.

Cada país tiene su flora y su fauna nacional y regional. Una semilla aunque
buena, sino está en un semillero apto no germina, y menos se desarrolla y
fructifica. Lo mismo ocurre con la vocación de los indígenas: necesitan sus
propios semilleros.


La vocación religiosa es un bien en la Iglesia y para la Iglesia; y como tal, se
ha de hacer propaganda de él, pero, ¿qué ocurre? Ya nos decía Pío XII y
Paulo VI: la escasez de vocaciones se debe principalmente a que los
sacerdotes no hablan del gran don de la vocación religiosa.

Si la enseñanza oficial de la Iglesia local guarda silencio perpetuo sobre
estas realidades, ¿cómo pueden los fieles considerarlas como una gracia
de la iglesia?


El secreto fundamental de las vocaciones es la fe: las vocaciones son la flor
y el fruto de la fe de la Iglesia, manifestación de la santidad del Pueblo de
Dios. Donde no hay fe, no habrá vocaciones. Si no hay vocaciones, es clara
señal de que no hay fe.

Fray Jesús Sarasa
Carmelita Descalzo