Panajachel 24 de mayo de 2019

El viento soplaba fuerte en la noche del 7 de mayo de 2019. Era tanto que parecía que plantas y animales iban a salir por los aires, o bien, que iban a volar los techos de lámina de las sencillas casas de Panimachalán, aldea localizada en San Andrés Semetabaj. En una de esas casas se celebraba una reunión especial. Domingo Pop, el anfitrión había servido una suculenta gallina a sus invitados entre los que me encontraba un servidor. “Estoy agradecido de que hoy estén aquí”, dijo, sentado al centro de la mesa. Domingo era el principal organizador de una ceremonia sagrada que los queqchíes llaman cuatasinc, que se lleva a cabo cuando se va a inaugurar alguna propiedad, casas o iglesias. En aquella ocasión se iban a estrenar dos Campanas para la ermita. Debajo de un pequeño altar estaban las campanas envueltas en costales. Una vez terminada la cena, la comitiva encendió incienso, las cargó con la ayuda de  mecapales y salieron de la casa. De esta forma  se empezó a formar una bella procesión encabezada por los portadores de las campanas, seguida por músicos que tocaban el tun y la chirimía. La posesión recorrió un buen trecho hasta llegar a lo alto de un cerro, que es donde estaba la ermita en cuya fachada se iban a bendecir y colocar las campanas.

Adentro ardían numerosas candelas blancas. El alter estaba repleto de santos y al centro había un crucifijo antiguo. Una vez ahí los ancianos se pusieron de rodillas y empezaron a rezar y ofrecieron incienso. En la cocina se estaban degollando dos cerdos y dos gallinas. A las once de la noche Domingo y los ancianos ingresaron en la ermita con grandes recipientes que contenían la sangre de los marranos y las gallinas. Ofrecieron copan y rezaron. La ermita estaba abarrotada de gente y en completo silencio. Descubrieron las campanas y con toda solemnidad abrieron las ollas rezaron y quemaron incienso. Domingo remojó sus manos con la sangre de los cerdos y empapó las campanas por dentro y por fuera hasta teñirlas de escarlata. Con ese acto ya no había nada que temer, los espíritus quedaban contentos y  aplacados. Siguió el rito. Y todo acabó en un banquete que afianza al pueblo queqchí y que lo une con la divinidad. Jesús María Sarasa.