… para vencer todos los apetitos y negar los gustos de todas las cosas, con cuyo amor y afición se suele inflamar la voluntad para gozar de ellos, era menester otra inflamación mayor de otro amor mejor, que es el de su Esposo, para que, teniendo su gusto y fuerza en éste, tuviese valor y constancia para fácilmente negar todos los otros. Y no solamente era menester para vencer la fuerza de los apetitos sensitivos tener amor de su Esposo, sino estar inflamada de amor y con ansias.   (1S 14, 2)

San Juan de la Cruz, comentando el poema de la Noche en el Libro de la Subida del Monte Carmelo, describe así el medio para “purificar” nuestra alma, que para él, es toda la persona.

Al llegar casi al final de este tiempo de Cuaresma, que es preparación para el Misterio Pascual, máxima expresión del amor de Dios, es muy conveniente que le prestemos atención a la recomendación del doctor místico.

El Camino al revés

Ordinariamente en la vida espiritual se nos ha enseñado a “empezar por el final”, a recorrer el camino de atrás hacia adelante. Con mucha frecuencia, y casi sin percatarnos, se nos ha enseñado a poner al inicio del recorrido espiritual la ascesis, con todas sus posibles manifestaciones: renuncias, penitencias, esfuerzo de la voluntad… Es como si te dijeran: “busca la cruz y así encontrarás a Jesús”. Es el imperativo que escuchamos desde niños y que ha quedado en nuestro inconsciente espiritual: “cumple los mandamientos para que aprendas a amar a Dios”.

Sin embargo el camino verdadero no parece ser ese, al menos no parece serlo para los místicos. Si vemos el recorrido del mismo Jesús, la Cruz se encuentra al final.

A la cruz se llega después de un largo proceso, en donde lo primero es el amor: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15, 13), la vida se entrega por amor, de lo contrario sería sufrimiento, pero no entrega.

Desde esta perspectiva, deberíamos entonces ordenar nuestro itinerario y decir: “busca a Jesús y compartirás con él la cruz”. De fondo esta es la enseñanza de los místicos. No se busca la cruz, se busca a Jesús. Al encontrar a Jesús se descubre la Cruz, pero no la cruz del sufrimiento autocomplaciente e infecundo, que muchas veces podría llevarnos al neopelagianismo (enemigo de la santidad según el Papa Francisco) y a la soberbia espiritual, sino la Cruz que brota del mismo amor y nos hace crecer en pequeñez, desde la humildad y el abandono.

El verdadero camino

Después de haber tenido una experiencia de vida y de intimidad con el Señor realmente profundas, San Juan de la Cruz nos lo recuerda con claridad: “para vencer todos los apetitos y negar los gustos de todas las cosas… era menester otra inflamación mayor de otro amor mejor, que es el de su Esposo”. Este es el principio del itinerario: el amor. Pero no cualquier amor, es un amor que inflama el corazón, es un amor mejor, es al amor de Dios, el mismo Espíritu Santo ardiendo en el corazón del cristiano enamorado.

Al finalizar esta Cuaresma no deberíamos preguntarnos qué tan firmes fuimos en nuestros propósitos o qué tanto hemos vencido aquel vicio o imperfección que nos roba la paz. Nuestra pregunta fundamental debería ser ¿Qué tanto está creciendo en mí el amor? Y nuestra “ascesis” no debería ser otra cosa más que un continuo esfuerzo por alimentar este amor. Sólo el que ama con intensidad es capaz de hacer a un lado todo aquello que le separa de su amor.

Por esto el mismo santo recuerda: “a la tarde te examinarán en el amor; aprende a amar como Dios quiere ser amado y deja tu condición” (DLA 1,60). Este es el orden: primero “aprende a amar” y luego “deja tu condición”, no puedes dejar esa condición si antes no aprendes a amar.

Cambio de pedagogía

Este cambio de perspectiva debería llevarnos no sólo a mirar con más misericordia las debilidades propias y ajenas, debería llevarnos a un cambio en nuestra vida  interior. Nuestra forma de vivir la oración, de dar catequesis, de predicar, de relacionarnos con los demás, etc. debería está impregnada por esta convicción.

Aquella frase de “cumple los mandamientos para que aprendas a amar a Dios”, automáticamente se convertiría en nosotros en un sencillo “ama a Dios”. Lo hermoso es que esta frase brotará de los labios no solo con sincera convicción, sino con el brillo de la mirada y la sonrisa que caracterizan al corazón enamorado.

Sin embargo es necesario reconocer que en la perspectiva cristiana aprender a amar no es otra cosa que aprender a dejarse amar. Dios es amor (1Jn 4,8) y su relación con el ser humano es siempre un relación de profunda amistad, en la cuál Él tiene la iniciativa. Porque Dios siempre nos “primerea”, como dice el Papa Francisco.

Para vencer nuestras imperfecciones, dice san Juan de la Cruz, no basta tener amor, es necesario “estar inflamado de amor” y esta inflamación es un don. Es el don de Dios mismo a la persona por medio de su Espíritu Santo, y como don, debemos pedirlo.

Ojalá y nuestra oración de cada día comience siempre pidiendo este don: “Señor dame tu amor, dame tu Espíritu”.

Fr. Berny del ES, ocd