La Espiritualidad Ecológica En La Doctrina Sanjuanista

Fr. Berny del Espíritu Santo

1. Introducción

“Si tenemos en cuenta la complejidad de la crisis ecológica y sus múltiples causas, deberíamos reconocer que las soluciones no pueden llegar desde un único modo de interpretar y transformar la realidad. También es necesario acudir a las diversas riquezas culturales de los pueblos, al arte y a la poesía, a la vida interior y a la espiritualidad”  (Francisco, Laudato Sii, 2015, n. 63).

Con esta frase de la encíclica Laudato Sii el papa Francisco recuerda el valor que se debe dar a la espiritualidad en el ámbito de la ecología. En este documento dedicará todo un capítulo al tema de la educación y espiritualidad ecológica, dando importancia, muy novedosa en el ámbito del magisterio, a la relación entre espiritualidad cristiana y ecología.

En el campo de la espiritualidad cristiana no podemos dejar de mencionar el aporte del “doctor místico”, san Juan de la Cruz. Él con sus escritos y con su experiencia personal se ha convertido en un maestro del discernimiento y de los caminos que llevan a la unión con Dios para cristianos y personas de distintas religiones a lo largo de los últimos siglos. Sin embargo, se debe reconocer que poco se ha valorado el aporte que da el santo, de forma directa o indirecta, a la interpretación de la creación como manifestación de la presencia de Dios para el hombre.

2. El Contexto de la espiritualidad Ecológica

2.1. Crisis de la espiritualidad ecológica

El tema de la crisis ecológica que vivimos es ampliamente conocido, desde diversas perspectivas se ha buscado la manera de tomar conciencia de la necesidad de resguardar y proteger nuestra casa común. Por esto la intención de este apartado no es repetir los datos alarmantes que ya son conocidos, sino tratar de explicar cuál es la espiritualidad, la actitud -consciente o inconsciente- que está detrás de todo este problema, que ya de por sí es evidente.

Leonardo Boff, hace una reflexión que puede dar algunas pistas, para comprender el problema desde nuestra perspectiva creyente, que integran el ámbito de la espiritualidad:

“La espiritualidad convencional de las Iglesias y de la mayoría de las religiones históricas está vinculada a modelos de vida y a interpretaciones del mundo (cosmogonías) que no se corresponden ya con la sensibilidad actual. No raras veces dejan el universo, la naturaleza y la vida cotidiana fuera del campo de la experiencia espiritual. La versión dominante del cristianismo es antropocéntrica. Todo está centrado en el ser humano. Para él es la salvación. Sólo él tiene futuro” (Boff, 1996, pág. 237)

Esta postura de Boff, tiende a ser un poco pesimista con respecto a las cosmogonías religiosas, en el caso de la tradición judeo-cristiana (pues no es mi intención profundizar en otras tradiciones) el problema no está en la cosmogonía misma, en el relato creacional como tal, sino en la interpretación que se ha hecho del mismo a lo largo de la historia. Sin embargo su observación es bastante atinada en cuanto al antropocentrismo imperante, que ha dejado de lado muchas veces el valor de la creación en la vida espiritual.

Es muy probable que la minusvaloración de la creación en el ámbito espiritual y dentro de la reflexión cristiana haya respondido al mismo contexto histórico. La naturaleza siempre ha estado ahí, y nunca se percibió como una realidad en riesgo hasta hace muy poco tiempo, por eso no hubo necesidad de volver la mirada hacia ella para resaltar su valor. Por otra parte, el dualismo platónico heredado en la espiritualidad cristiana tendía (tristemente aún podríamos usar este verbo en tiempo presente: “tiende”) a darle menos valor a todo aquello considerado como material.

Desde esta perspectiva dualista y en este contexto de desprecio de lo material-corpóreo  se pierde “en gran medida el carácter sacramental de la materia y la transparencia de todas la cosas, porque conocemos poco las cosas o porque despreciamos la importancia que el conocimiento de las cosas tiene para conocer a Dios” (Boff, 1996, págs. 237-238). Desconocer las cosas implica ignorar el valor que en sí tiene,  perder de vista la importancia que tienen para conocer a Dios y vaciar el sentido místico o espiritual de su existencia, olvidando así el complejo entramado de relaciones existente en toda la creación.

De este modo se puede comprender la crisis no sólo como un “crisis ecológica”, esta connotación hace alusión sólo a las consecuencias que han brotado de la verdadera causa: la “crisis de la espiritualidad ecológica”. Este enfoque permitiría ir más allá de la ecología tan pragmática y egoísta que ordinariamente se promueve, en la cual el eslogan que está de fondo es “cuidemos el ambiente porque nos conviene, porque necesitamos seguir aprovechándonos de él”. Si comprendemos el valor que la creación tiene dentro de nuestra estructura humana, nosotros mismos somos creación, estamos intrínsecamente ligados a las demás creaturas y por tanto sólo en relación con ellas -y no usándolas a ellas- se puede llegar al conocimiento de Dios, a la unión con Él. Desde esta perspectiva encontraremos una ecología más integral, más relacional y espiritualizada, se des-instrumentalizan las criaturas y se convierten en parte integrante  de nuestro ser personas en relación, en nuestro camino hacia Dios. El eslogan en este caso sería “cuidemos el ambiente porque somos parte de él, y él es parte de nosotros”.

Por este motivo Boff afirma que “se trata de captar la espiritualidad como una experiencia global de religación de todas las búsquedas, de los encuentros, de las experiencias de sentido, como el hilo que reúne a todas las perlas para formar el collar” (Boff, 1996, pág. 237). Como humanidad, como personas individuales somos una de las perlas que forman el collar de la creación, solo experimentando la unidad, la religación con todas las creaturas experimentamos la belleza de la creación, y por tanto la propia belleza y dignidad.

San Juan de la Cruz como místico nos abre caminos de relación para comprender la creación desde esta perspectiva, él es capaz de dialogar con las creaturas, él sabe que ellas tiene algo que decirle sobre lo más esencial de su ser.

2.2. La Espiritualidad Ecológica de Laudato Sii

Los últimos pontífices han hecho un llamado de atención sobre el tema ecológico, Juan Pablo II, por ejemplo, había hablado de “estimular y sostener la «conversión ecológica», que en estos últimos decenios ha hecho a la humanidad más sensible respecto a la catástrofe hacia la cual se estaba encaminando” (Juan Pablo II , 2001), otros pontífices también han mencionando el tema, sin embargo es hasta la encíclica Laudato Sii que papa Francisco aborda el tema de forma directa y con la categoría propia de “espiritualidad ecológica” y “conversión ecológica”.

Anque toda la encíclica es en sí misma un tratado sobre la espiritualidad ecológica (Cf. Francisco, 2018, n. 28), el Papa dedica un capítulo especial al tema: “Educación y espiritualidad ecológica”. Las características esenciales de esta espitualidad ecológica que presenta el papa Francisco se pueden sintetizar así:

  • Es una espiritualidad que implica un cambio en el estilo de vida, poniendo al centro la dignidad de la persona y propiciando una reducción del consumo innecesario.
  • Debe hacer brotar una actitud de salida al encuentro del otro, que rompa con la conciencia aislada y la autorreferencialidad.
  • Debe estar motivada por una mística que nos anime a vivir de un modo diferente.
  • Necesariamente se debe dar una conversión ecológica, que implica dejar brotar todas las consecuencias del encuentro con Jesucristo en las relaciones con el mundo con nos rodea, pues la vocación de ser protectores de la obra de Dios es parte esencial de una existencia virtuosa. Esta conversión debe ser comunitaria.
  • Es una espiritualidad que supone actitudes de ternura y cuidado, además de una amorosa conciencia de no estar desconectados de las demás criaturas.
  • La espiritualidad ecológica que brota de la misma espiritualidad cristiana es capaz de vivir desde la sencillez, la sobriedad y la capacidad de gozar con poco. Es una espiritualidad humilde.
  • Es una espiritualidad capaz de agradecer al creador, pues reconocer que todo cuanto le rodea es don.
  • Es una espiritualidad que despierta el cuidado mutuo, hace que nos preocupemos unos por otros, dejando de lado el egoísmo que me hace querer acaparar y consumir sin pensar en los que vendrán después.

Estas líneas de la espiritualidad ecológica que presenta el Papa Francisco no sólo iluminan un campo poco desarrollado dentro del magisterio, sino que abren paso a profundizaciones del tema que nos ayuden a tomar conciencia de la intrínseca relación entre el compromiso ecológico y nuestra espiritualidad cristiana.

Se podría decir, sin temor a equivocarse, que el cristiano de hoy o se compromete con el ambiente y la causa ecológica o no es cristiano. Desde esta perspectiva la propuesta del Papa sirve de preámbulo y justificación para querer profundizar en la espiritualidad sanjuanista desde esta perspectiva. A partir de sus escritos se intentará descubrir hasta qué punto la creación toca lo más profundo de nuestro ser: nuestra relación con Dios.

3. La experiencia de san Juan de la Cruz frente a la creación

Leonardo Boff hablando de la profundidad espiritual del universo, de las interacciones que manifiestan la vida y del espíritu presente en cada elemento de la creación afirma que los indígenas, las místicos y los poetas “son los que entienden el lenguaje de las cosas y descifran el gran discurso del universo” (Boff, 1996, pág. 46). San Juan de la Cruz cabe en dos de estas tres categorías, el contempla la creación desde su altura mística y desde su sensibilidad poética.

Por esta razón Brocos llega a afirmar que “decir –como algunos quieren- que Juan de la Cruz desprecia el mundo creado, además de revelar una gran ignorancia, supone una grave acusación al santo doctor de la Iglesia de omisión de lo que constituye el primer artículo de nuestro credo” (Brocos, 1991). El estudioso de san Juan de la Cruz, José Vicente Rodríguez, en artículo que fue muy novedoso dentro de este campo, presenta una serie de testimonios recogidos de diferentes fuentes y que muestran la experiencia y la relación que el santo carmelita tenía con las creaturas, es necesario profundizar en un par de estos relatos.

Con respecto a la oración del santo, Rodríguez presenta este testimonio de uno de sus compañeros, quienes en su proceso de canonización narraron sus experiencias junto al santo:

“Francisco de San Hilarión nos da esta estampa de Juan de la Cruz retirado al convento solitario de La Peñuela (Jaén) en agosto y septiembre de 1591, ya bien cercano a la muerte: « … se retiró sin oficio al convento de La Peñuela en Sierra Morena, que es una gran soledad; y allí, lleno de contento por verse sin oficio y desocupado para más servir a Dios, gastaba santamente el tiempo y se levantaba antes que fuese de día, y se iba a la huerta, y entre unos mimbres, junto a una acequia de agua, se ponía de rodillas y allí estaba en oración, hasta que el calor del sol le echaba de allí, y se venía al convento, y decía misa con mucha devoción» (BMC 14,112-113). La devoción de estas misas acrecentada sin duda por la devoción cósmica y por el contacto final con el hermano sol” (Rodríguez, 1987).

Este es sólo uno de los testimonios sobre el modo favorito de orar de san Juan de la Cruz. El doctor místico disfrutaba de un modo especial orar en medio del bosque, entre los árboles o cerca de los riachuelos. Podemos decir con certeza que no se trata de un simple gusto personal o un placer estético, pues es él quien con mucha insistencia invita a sus dirigidos espirituales a no dejarse llevar por el solo gusto exterior en las cosas, antes han de buscar lo desabrido (Cf. 1 S 13). Entonces, ¿a qué se debe esta actitud del santo? Definitivamente se trata de una experiencia de mayor profundidad.

Otro testimonio, más interesante aún, citado por el mismo autor dice así:

“Agustín de la Concepción, hablando de uno de esos días en que llevaba Juan de la Cruz a sus religiosos al campo, refiere cómo ensimismado ante la corriente del río, el Genil o el Darro, se exalta y entusiasma al sorprender unos pececillos amigos y llama de urgencia a sus religiosos diciendo: «¡Vengan acá, hermanos, y verán cómo estos animalicos y criaturas de Dios le están alabando, para que levanten el espíritu, que, pues, éstos sin entendimiento ni razón lo hacen, cuánta mayor obligación tenemos de alabarle nosotros, y en esta plática se quedó suspenso, y echándolo de ver los religiosos se apartaron y se fueron por la huerta y lo dejaron en su contemplación, y que no se acuerda el tiempo que pudo estar en ella por andar divertido en el dicho recreo» (Ms. Vat. signo 25, fol. 56)” (ibídem).

Este testimonio es interesante porque deja en evidencia una costumbre muy común en el santo, la de atribuir características propias de los seres humanos a los animales o seres del reino vegetal. En este caso, aunque reconoce la irracionalidad de los peces, se atreve a decir que los peces alaban a Dios, ¿cómo lo hacen? Con su sola existencia, por ser lo que son. Y así podemos encontrar en sus escritos gran cantidad de prosopopeyas que sustentan esta rica visión del santo sobre la creación.

Estos relatos, y muchos otros que se podrían citar, ponen en evidencia el valor que la naturaleza tenía para el santo. Este amor por la naturaleza será reflejado en sus escritos, de manera especial en el Cántico Espiritual. Para san Juan de la Cruz, la naturaleza no era sólo el lugar de encuentro, ella misma también está en un profundo encuentro con Dios. Los peces alaban a Dios, las estrellas le hablan de la hermosura de Dios, los bosques narran su paso, etc. Los elementos de la naturaleza le sirven en su imaginación poética como metáforas de la relación con Dios y el proceso espiritual, pero también vienen a ser imágenes de los atributos de Dios, el mismo Dios es muchas veces descrito con imágenes naturales (agua, fuego, etc.).

 

4. Imágenes sanjuanistas

4.1. Imágenes Aplicadas a Dios

Rodríguez sostiene que “las afirmaciones sanjuanistas parecen, a veces, sueltas o yuxtapuestas, pero bien analizadas presentan una religación última que las vivifica y pone en pie. En el campo concreto de la relación del hombre con la naturaleza creada, sensible, asistimos a ese remitir constante a lo divino, a ese estar de Dios en su obra. Si no estuviera presente en ella, no existiría la creación” (Rodríguez, 1987).

Esta religación queda claramente expresada en su genio poético y en los comentarios que el santo ha compuesto a partir de sus obras líricas. En ellas se vale de una cantidad muy amplia de imágenes, algunas heredadas de la tradición o tomadas de la Escritura y otras surgidas de su propia experiencia y creatividad. En el caso de las imágenes propias se ha valido en gran parte de su contacto con la naturaleza para poder describir no sólo el proceso de crecimiento espiritual y purificación, sino que también ha aprovechado estos recursos para describir a Dios mismo, o alguna de las personas divinas.

4.1.1. El ciervo:

Juan de la Cruz recurre a esta imagen animal en el Cántico Espiritual para describir la ternura y la compasión de Dios, pero también su rapidez al manifestarse y esconderse al alma; para nuestro santo Dios es como el ciervo que ordinariamente anda sólo y escondido, pero de vez en cuando se deja ver para manifestar su amor. Comentando la estrofa trece del Cántico B dice:

“Compárase el Esposo al ciervo… Y es de saber que la propiedad el ciervo es subirse a los lugares altos y, cuando está herido, base con gran prisa a buscar refrigerio a las aguas frías y, si oye quejar a la consorte y siente que está herida, luego se va con ella y la regala y la acaricia…porque en los enamorados la herida de uno es de entrambos, y un mismo sentimiento tienen los dos” (CB 13, 9)

Lo que destaca de esta imagen es la capacidad del ciervo de sentir compasión. No sabremos decir si el santo tuvo la oportunidad de contemplar un ciervo en su estado natural, si solo escuchó o  leyó acerca de su comportamiento, pero es un hecho que le ha asombrado esa actitud de fidelidad y compañía en medio del dolor, y para él esto es un reflejo del amor de Dios. El Dios de san Juan de la Cruz es un Dios que sufre con el dolor humano, pues lo hace suyo acompañando al herido.

4.1.2. La Llama:

La llama es una imagen más común, probablemente tomada de las Escrituras o de la tradición de la Iglesia, en donde el Espíritu Santo ha sido siempre representado con la imagen del fuego. Aunque en ocasiones puede hacer alusión al amor de Dios (CA 38,11), el santo aclara que se refiere al Espíritu Santo, “esta llama de amor es el espíritu de su Esposo, que es el Espíritu Santo, al cual siente ya el alma en sí” (CB 1, 1).

La imagen de la llama le sirve de muchas formas para poder expresar los distintos momentos del itinerario espiritual. La llama hace referencia a la purificación, a la transformación de la persona y su nuevo estado de vida (Cf. CB 1,17) en este caso la Llama es el sujeto activo de la purificación; por otra parte esta llama es la que refresca al alma y le hace pregustar en la tierra la vida divina (Cf. LB 1,3). Al final la llama es el Espíritu que habita en la persona, que arde con toda su fuerza al llegar a la cumbre de la vida espiritual, a la unión más pura del alma con Dios, en donde “le hace vivir en Dios espiritualmente y sentir vida de Dios” (LB 1,6).

4.2. Imágenes aplicadas al proceso espiritual

Otras dos grandes imágenes resaltan en la obra sanjuanista como símbolos del itinerario espiritual del cristiano. Es posible que se encuentren más, pero será suficiente con decir algunas palabras sobre estas dos que abarcan la mayor parte de su doctrina.

4.2.1. El Monte:

Aunque en algún momento compara el monte con las virtudes (Cf. CB 3,4) o con la sabiduría divina (CB 36,7), ordinariamente esta imagen es utilizada por el santo para describir el itinerario espiritual. Así lo deja ver en el prólogo de la Subida al Monte Carmelo “de todo, con el favor divino, procuraremos decir algo, para que cada alma que esto leyere, en alguna manera eche de ver el camino que lleva y el que le conviene llevar, si pretende llegar a la cumbre de este monte” (1S Prólogo, 7).

Por otra parte el “monte” tiene todo un simbolismo para san Juan de la Cruz, su familia religiosa está identificada con el Monte Carmelo. Para el carmelita este Monte no sólo representa el origen del carisma, sino que manifiesta el sentido profundo de la realidad carismática: el encuentro íntimo con Dios. El Carmelo es el lugar en donde, como Elías, el carmelita está llamado a percibir la presencia de Dios en la brisa suave, en el silencio de cada día y en la sencillez de cada acontecimiento. Pero también es el lugar en donde se matan a los profetas falsos, todo aquello que no es el Dios verdadero muere en el monte Carmelo. Es por esto que la profundidad de esta imagen para el santo resulta significativa.

Desde una perspectiva más práctica, el monte representa la dificultad del camino. San Juan de la Cruz en su vida tuvo que escalar muchos montes mientras recorría los caminos de la España siglo XVI visitando los conventos que tenía a su cargo. Él conoce por experiencia lo difícil que es subir, sabe que muchas veces aparece la tentación de desandar el camino, o de rodear el monte para evitar la fatiga de la escalada, pero en ambos el proceso es más lento o no se llega a la meta. Es por esto que la imagen le ha sido muy conveniente para describir el itinerario espiritual de todo cristiano que quiera llegar pronto a la cima de la unión con Dios.

4.2.2. La Noche:

Distintos testimonios narran la fascinación que el santo experimentaba por la noche, muchas veces oraba bajo el cielo estrellado quedando extasiado al contemplar la infinidad de estrellas y la belleza de su armonía y resplandor. Definitivamente la noche le cautivó convirtiéndose en un punto central de su doctrina y de su experiencia personal de sufrimiento-encuentro.

La noche como categoría teológica-espiritual es una de las creaciones más geniales del santo. Uno de sus poemas y una de sus obras mayores llevan por título “Noche Oscura”. Como categoría espiritual hace referencia a la purificación que experimenta la persona en sus diversas etapas de crecimiento, noche del sentido y noche del espíritu; pero también hace referencia al esfuerzo humano y la acción de la gracia infusa: noche activa y noche pasiva, que poco a poco transforma a la persona y le dispone para la unión con Dios.

En todos los casos la noche, que es purificación dolorosa, es también gozosa y llena de esperanza ya que prepara el alma para gozar del mayor bien que puede alcanzar en esta vida, por eso afirma el santo que “tiene el alma por gran dicha y ventura haber pasado por él [el camino estrecho] a la dicha perfección de amor, como ella lo canta en esta primera canción, llamando noche oscura con harta propiedad a este camino estrecho” (N Declaración).

 

4.3. Otras imágenes tomadas del ambiente natural

Existen muchas otras imágenes utilizadas por el santo en sus escritos, gran cantidad de ellas brotan de su contacto con la naturaleza. Daniel de Pablo Maroto, presenta de forma sintética algunas de las imágenes utilizadas por el santo, dice este autor:

La fe, en sentido objetivo, depósito de verdades que el cristiano debe creer, es la “cristalina fuente de semblantes plateados”, que el poeta Juan de la Cruz quiere tener siempre en sus entrañas dibujados. Las “frescas mañanas” simbolizan la juventud, “las frescas mañanas de las edades”. Las “montañas” “son las potencias del alma: memoria, entendimiento y voluntad”. Los “leones” son las “acrimonias e ímpetus de la potencia irascible”. Los “montes, valles, riberas” son “los actos viciosos y desordenados de las tres potencias del alma”. El “manzano” es “el árbol de la cruz”, símbolo de fértil significado en la tradición teológica y espiritual del Oriente y Occidente cristianos, haciendo referencia a Eva y el árbol del paraíso, contrapunto del árbol de la cruz del monte de la Calavera, en el que Cristo redimió a Adán y Eva y a toda su descendencia. Las “granadas” son “los misterios de Cristo” (Maroto, 2018).

También se encuentran en sus escritos algunas alusiones a animales, ordinariamente el santo las utiliza como metáforas para expresar las actitudes que las personas, para bien o para mal, tienen en su itinerario espiritual. Encontramos así la mosca (DLA 1,24), el pájaro (DLA 1,22) o los perros (1S 6,3) explicando cómo se apega el alma a las cosas. Pero también el pájaro solitario (CB 35,4), el águila (2N 20,1), la paloma y la tórtola (CB 34,3) le sirven para expresar la dignidad de la persona y sus actitudes de renovación que brotan de la gracia que va recibiendo de Dios.

De este modo se evidencia cómo para san Juan de la Cruz la naturaleza es el medio más apropiado para hablar de Dios, cuando no es posible callar ante el misterio. Por eso mismo la poesía ha sido su herramienta menos imperfecta para contar el misterio que es inefable y solo puede ser entendido a cuando es vivido, al menos en parte.

5. Algunos textos analizados

San Juan de la Cruz es ante todo un maestro de lo divino, de la experiencia de Dios, es por esto que “toda la creación la ha convertido en una caja de resonancia de lo divino, como un seno anchuroso y universal que proclama la gloria del Dios creador de toda la hermosura. El ritmo poético se ha convertido en música verbalizada” (Maroto, 2018).

Esta riqueza de la relación con la naturaleza se manifiesta en varios de sus textos, el santo se sirve de las imágenes para alcanzar su objetivo principal que es orientar a las almas a la unión con Dios. Desde esta perspectiva se deben entender sus escritos. La unión con Dios es el eje transversal de todo su pensamiento y el motor que impulsa sus reflexiones. Incluso su acercamiento a la naturaleza está impregnado  de este anhelo de unión. Nada en san Juan de la Cruz tendría sentido si se borra del horizonte esta meta, este profundo centro.

5.1. Los romances de la Creación

Los Romances del Evangelio es una de las obras poéticas no comentadas por el santo. Son una serie de poemas que narran la historia de salvación desde la perspectiva de una relación amorosa. Partiendo del diálogo intra-trinitario muestran de forma poética y, en cierto sentido, atrevida los actos de la Creación y de la Encarnación. Es atrevido porque el santo se introduce en los deseos de la Trinidad, poniendo en labios del Padre y del Hijo palabras que muestran sus intenciones más profundas y su relación de amor. Es clara la referencia bíblico-teológica del santo, pero también se percibe su creatividad, no sólo en el modo de presentarlo, sino en la profundidad de sus afirmaciones.

El siguiente conjunto de versos presenta la etapa de la creación, de ellos podemos entresacar algunas reflexiones importantes para nuestro intento de proponer los rasgos de una espiritualidad ecológica.

“Una esposa que te ame,
mi Hijo, darte quería,
que por tu valor merezca
tener nuestra compañía”

Estos versos ayudan a comprender mejor el sentido que tiene la creación para san Juan de la Cruz, es importante comprender que la primera obra de la creación es el ser humano. El ser humano hecho para recibir el amor del Hijo y vivir la comunión con toda la Trinidad. De este modo, el resto de la creación se entiende en referencia a la humanidad, tal y como lo muestra la siguiente serie de versos:

“Hágase, pues, -dijo el Padre-,
que tu amor lo merecía;
y en este dicho que dijo,
el mundo criado había
palacio para la esposa
hecho en gran sabiduría;
el cual en dos aposentos,
alto y bajo, dividía.”

 

Con una clara referencia al relato de la creación del Génesis, el santo retoma la idea de la creación por la palabra, es el Padre quien con su palabra da origen a todo lo creado. Lo novedoso en la interpretación sanjuanista es la motivación que presenta con claridad: el amor del Hijo. El Padre crea porque el amor del Hijo merece esta esposa que es la humanidad. Es en relación con esta humanidad-esposa que surge el resto de la creación como el palacio para que habite.

El término “palacio” utilizado por el santo para referirse a la creación entera dice mucho de su concepción frente a las creaturas. El palacio ante todo es el lugar donde habita el rey, en este caso el Rey es el Verbo, pero la humanidad hecha esposa del Rey merece también habitar en un palacio. Desde esta perspectiva, el palacio construido para la esposa debe estar a la altura, no sólo de la esposa que lo habitará, sino también a la altura del Rey que lo obsequia. El regalo refleja el amor, la sabiduría y la dignidad de aquel de quien procede.

Por otra parte, la figura nupcial del Rey-esposa deja entrever el tema de la Encarnación y la unión entre Dios y la humanidad (unión hipostática, pero también la inhabitación trinitaria). El Rey y su esposa, como parte de su relación están llamados a vivir juntos, habitar el mismo palacio. Por eso la esposa es tal que merezca la compañía de la Trinidad, debe ser capaz de participar en la vida Divina, habitando en Dios. Sin embargo, del otro lado de la relación, la esposa también debe ser capaz de recibir al Rey en su palacio. De ahí que deba habitar en un palacio digno del Rey, uno en el cuál Él se sienta como en casa cuando la visite. Entonces la creación como palacio de la esposa, es también palacio del Rey, hecho para resplandecer su dignidad y manifestar su gloria. Podríamos decir entonces que en Cristo, y por al amor a la humanidad toda la creación es un palacio “capaz de Dios”, habitable por Él, digno de su presencia, hecho a su medida y diseñado a su gusto. Resplandece aquí la verdadera dignidad de la creación, convirtiéndose así en morada de Dios, lugar de su presencia.

 

5.2. Oración del alma enamorada

“Míos son los cielos y mía es la tierra; mías son las gentes, los justos son míos y míos los pecadores; los ángeles son míos, y la Madre de Dios y todas las cosas son mías; y el mismo Dios es mío y para mí, porque Cristo es mío y todo para mí.” (DLA n. 27)

En una serie de dichos y frases recogidas de diferentes fuentes, que han sido compiladas bajo el título de “Dichos de luz y amor”, nos encontramos con este texto de riqueza y profundidad admirables. En él podemos descubrir elementos esenciales de la relación del santo con la naturaleza y su modo de comprender dignidad de la misma partiendo de la relación directa con Dios.

Se resalta en este texto uno de los aspectos fundamentales del pensamiento sanjuanita: la divinización del ser humano. Para san Juan de la Cruz la meta de la unión con Dios se entiende como la transformación del hombre en Dios, para él en este alto estado espiritual “el alma se hace deiforme y Dios por participación” (CB 38,4). El ser humano vendría a ser, por participación, un reflejo de Dios, y por tanto su forma de relación con el resto de las creaturas se configura con el trato que el mismo Dios tiene para con ellas.

Ian Bradly, comentando el relato de la creación del primer capítulo del Génesis, afirma que “la palabra hebrea tradicionalmente traducida por «imagen» podría traducirse más fielmente por «representante», porque pretende transmitir la idea del hombre como agente de Dios en la tierra. Esta interpretación hace posible empezar a considerar a los seres humanos como «administradores» de la creación, más que como «señores» de la misma” (Bradley, 1993). Desde esta perspectiva podemos comprender los adjetivos posesivos utilizados por el santo. Los “míos” empleados por el santo no implican una posesión que se atribuye el hombre por sí mismo, no es un derecho innato o adquirido por su dominio, sino que cobran sentido en cuanto el místico se reconoce como el “mío” de Dios.

Solo desde esta perspectiva el ser humano -y a un nivel más puro el místico- se convierte en el verdadero administrador de la creación. Todo es suyo por participación, y en cuanto dueño por participación sus sentimientos y actitudes son los del administrador fiel y prudente (Cf. Lc 12, 37-48), porque no desea otra cosa que la voluntad de Dios, sus sentimientos, su mirada, su actuar. son los de Dios. De este modo al acercarse a la creación lo hace con la blandura y el cuidado que tiene el dueño mismo, porque ya no es un asalariado (Cf. Jn 10, 12-13), sino que en su corazón se encuentra el corazón del Dueño y Creador, de Aquel que ama su creación porque es la obra de sus manos y el fruto de su amor. Estos son los sentimientos que mueven al místico cuando contempla lo que le rodea.

De este modo al decir “míos son” no quiere decir “yo los domino”. El sentido verdadero que estos posesivos indican es: me importan como a mí mismo, lo cuido como aquello que forma parte de mi tesoro, de mi propiedad. Pues nadie cuida verdadera y desinteresadamente aquello que no valora como suyo.

 

5.3. Del Cántico Espiritual

El Cántico Espiritual es una de las obras en donde se desborda a raudales el genio poético sanjuanista. De este poema el santo compuso dos comentarios que se conservan (CA y CB) y ordinariamente ambos son incluidos en las ediciones de sus Obras Completas. El poema, con sus respectivos comentarios, narra el itinerario espiritual del alma  sirviéndose de muchas imágenes tomadas de la naturaleza. Dada la amplitud de su contenido y su riqueza simbólica, sólo se analizaremos tres de sus estrofas, esto nos bastará para brindar las últimas pistas de esta espiritualidad ecológica.

“Oh bosques y espesuras,
plantadas por la mano del Amado!
¡Oh prado de verduras,
de flores esmaltado!
decid si por vosotros ha pasado.

Es necesario partir de lo que el mismo santo nos propone como comentario de esta estrofa, a partir de ahí se puede profundizar mejor su perspectiva y encontrar aportes significativos. Dice el santo:

“…después del ejercicio del conocimiento propio, esta consideración de las criaturas es la primera por orden en este camino espiritual para ir conociendo a Dios, considerando su grandeza y excelencia por ellas… Las cosas invisibles de Dios, del alma son conocidas por las cosas visibles criadas e invisibles” (CB 4,1)

Claramente san Juan de la Cruz pretende poner las creaturas dentro del itinerario espiritual, aquí les da una posición determina (después del conocimiento propio); sin embargo, veremos que seguirán apareciendo en el camino del alma, aunque con perspectivas diferentes. Las creaturas son medio para conocer a Dios. Se encuentran en el plano de la medicación, no son Dios, pero sí nos hablan de él, de su paso.

Para Pikasa esta perspectiva manifiesta como “el mundo que va encontrando [el alma] no es una tierra manipulada por los hombres, no es fábrica o taller donde ellos sólo buscan su provecho, sino que tiene voz propia, de manera que puede presentarse como signo del Amado, en clave de belleza” (2004, pág. 78). Así, el buscador de Dios, pasa necesariamente por las creaturas desde una perspectiva afectiva, con un interés desinteresado, movido por el amor. En este amor las obras que salen de la mano de Dios, no pueden ser vanamente desvalorizadas pues le hacen recordar al Amado, tienen es sí un carga afectiva que impide cualquier intento de aprovechamiento utilitarista o explotación destructiva.

Es de notar también que estos “bosques y espesuras” son plantadas directamente por la mano del amado (Cf. CB 4,3), pareciera una cierta contradicción con el relato sacerdotal de la creación en dónde Dios se vale de la tierra como intermediario (“Dijo Dios: «Produzca la tierra vegetación»” Gn 1, 11a). Sin embargo, el Salmo 65 nos abre una clave de interpretación y nos da un antecedente bíblico para interpretación sanjuanista: “Te ocupas de la tierra y la riegas…así la preparas: riegas sus surcos, allanas sus glebas” (Cf. 10-11). La imagen que se presenta de un Dios labrador calza perfectamente con este antropomorfismo del Dios que con su mano planta. Han sido tocadas por Dios, Dios ha pasado por ellas. Es en ese toque donde se descubre su dignidad.

Finalmente, podemos resaltar el atrevimiento de entablar un diálogo con las creaturas, ¿acaso son ellas capaces de responder? ¿Por qué no preguntó a los pastores de la segunda estrofa y si a los bosques? A eso responderá la segunda estrofa que veremos a continuación.

Mil gracias derramando
pasó por estos sotos con presura,
y, yéndolos mirando,
con sola su figura
vestidos los dejó de hermosura.

Podría verse esta respuesta de las creaturas como una de las tantas figuras literarias utilizadas por el santo, pero ¿será está la respuesta correcta o verdaderamente son capaces los bosques de responder y hablar de Dios?

De nuevo podemos remitir nuestra reflexión a las Escrituras (fuente primaria de la experiencia sanjuanista) para descubrir con más plenitud el sentido de este texto. El Salmo 96 canta con intensidad: “¡Alégrense los cielos, goce la tierra, retumbe el mar y cuanto encierra; exulten el campo y cuanto hay en él, griten de gozo los árboles del bosque,…” (vv. 11-12). El final del Deutero-Isaías nos muestra también la alabanza de los árboles: “montes y colinas aclamarán a vuestro paso, y pasaréis entre los aplausos de todos los árboles del campo” (Is 55, 12bc). En ambos casos los árboles reciben la capacidad de aclamar, nos encontramos ante un gozo que es tan desbordante que impregna a las creaturas vegetales. El paso de Dios, la liberación y restauración del pueblo.

Sin embargo, en la escena del Cántico espiritual nos encontramos con otro tipo de dinamismo, quien pasa es Dios, en primer lugar, y la persona que van detrás de Dios en su búsqueda. Los bosques se manifiestan pasivos y se expresan sólo ante la interrogante del alma. Este hablar de los bosques no es un hablar de palabras, los bosques no responden con oraciones articuladas en nuestro lenguaje humano, ellos sólo conoce el lenguaje divino de su creador, es el lenguaje de la belleza y del amor.

Podemos decir entonces, que esta respuesta que presenta el Cántico, en su sentido profundo, no es una prosopopeya sino que es el verdadero hablar de las creaturas. Ellas hablan con su hermosura, con su sola existencia por haber brotado de la mano del Amado. Sin embargo sólo quien ha salido en busca del amor es capaz de escuchar ese lenguaje. No debemos preguntarnos entonces si los bosques hablan, ellos siempre lo hacen; debemos preguntarnos si como seres humanos tenemos el amor suficiente para ser capaces de escuchar su lenguaje.

Si no somos capaces de escuchar la voz de los bosques es signo de que nuestra humanidad no está movida por el amor y, por tanto, no es una humanidad verdadera. Pues “el paso del Amado, Dios excelso, presencia de belleza, por los sotos o espacios inferiores, define y configura todo lo que existe, como experiencia primordial de hermosura para el hombre, a quien descubrimos como aquel viviente que es capaz de admiración y belleza” (Pikaza, 2004, pág. 82), tal y como lo muestra la última estrofa que analizaremos.

Mi amado las montañas,
los valles solitarios nemorosos,
las ínsulas extrañas,
los ríos sonorosos,
el silbo de los aires amorosos,

En esta estrofa el santo comienza a hablar del desposorio espiritual, en dónde cesan las penas y las ansias espirituales para dar paso a un estado de paz y deleite en el amor. Dice nuestro autor que en esta etapa la persona “gusta altamente de la sabiduría de Dios, que en la armonía de las criaturas y hecho de Dios reluce” (CB 13, 4). Hay una novedad muy importante en este estado, antes las creaturas hablan de Dios, ahora las creaturas son Dios para el místico, no es un panteísmo, sin un desbordar del amor y la comunicación divina manifestada en la creación, así lo explica el santo:

“En las cuales dice la Esposa que todas estas cosas es su Amado en sí, y lo es para ella, porque en lo que Dios suele comunicar en semejantes excesos, siente el alma y conoce la verdad de aquel dicho que dijo san Francisco, es a saber: Dios mío, y todas las cosas… Y así, no se ha de entender que lo que lo que aquí se dice que siente el alma es como ver las cosas en la luz o las criaturas en Dios, sino que en aquella posesión siente serle  todas las cosas Dios” (CB 14, 5).

Para el santo no es que las cosas sean esencialmente Dios, sin embargo la comunicación del amor es tan fuerte que todo le parece ser Dios. Podría decirse que del mismo modo que un enamorado ve a su amada en todo y cada acontecimiento le hace recordarla, así le sucede a la persona en este estado, pero con una intensidad mucho mayor. Dios es el mismo amor que está desde dentro dinamizando su existencia, haciéndole ver su presencia en todo, de un modo particular en la creación. Por eso es que llega a decir: estos valles, estas montañas son su Amado para él.

Como afirma con certeza Pikaza san Juan de la Cruz, a diferencia de san Francisco, no ve las criaturas como hermanas, pues para él son presencia y figura del Amado, por eso “no las separa diciendo «amada montaña, amados valles», sino que las une y vincula con el único Amado, pues el mismo Dios se identifica con ellas” (Pikaza, 2004, pág. 127).

Este planteamiento tiene algo de arriesgado, ya que cualquiera con poca experiencia podría decir que se trata de un panteísmo. Sin embargo quien conoce a san Juan de la Cruz y es cercano a su doctrina sin duda sabrá la clara postura del santo en lo que se refiera a la trascendencia de Dios y la diferencia abismal que hay entre Él y sus creaturas. Dios es un Dios trascendente, que no podemos dominar, que en la noche de la vida se nos escapa de las manos pues está más allá de todo sentimiento, de todo entender, de todo amar humano; solo la fe y el amor nos permite acercarnos con seguridad a Él. Este es precisamente el Dios que se refleja en los paisajes sanjuanistas.

6. Conclusiones

 

Es necesario comprender que “sólo Dios puede sustentar una ética no manipulable que no sea ni el producto convencional o arbitrario de la cultura ni el diktat ciego y sordo de la natura. Sólo Dios, el Absoluto absoluto, puede legitimar un marco de valores intangibles, inviolables, absolutos” (Ruiz de la Peña, 1986). Esto es lo que hemos comprobado a la luz de los escritos sanjuanistas. La sana relación con la creación, con nuestra casa (oikos) depende directamente de nuestra relación con Dios.

Hablar de “espiritualidad ecológica” es lo más conveniente para llenar el vacío existente en el la categoría simple de “ecología” (etimológicamente tratado, discurso –logos-, sobre la casa –oikos-). Aunque el término original incluya los compromisos y acciones que se llevan a cabo para cuidar el medio ambiente y tomar conciencia de su valor, de fondo está el peligro de quedarnos en el logos, en el hablar (de datos, estadísticas, etc.). Al unir la ecología con la categoría de espiritualidad se llega a una forma más acertada de expresar lo que debemos vivir, y así también toma relevancia el aporte cristiano y, de forma particular, el del santo que estudiado.

De manera breve vamos a concluir tratando de presentar, a la luz de lo expuesto anteriormente, las características generales indispensables de esta espiritualidad ecológica que brotan de la doctrina del doctor místico.

En primer lugar debemos decir que la espiritualidad ecológica brota del sentido trascendente del ser humano. Desde nuestra perspectiva cristiana no podemos relacionarnos adecuadamente con la creación sin una verdadera relación con Dios, y viceversa. Es precisamente la relación con Dios la que nos abre a la relación con sus creaturas, y es la relación con las creaturas la que nos hace abrir el corazón a Dios en un profundo acto de contemplación y gratitud. Nuestra relación con la creación habla de nuestra relación con Dios, al punto que se convierte en una clave de discernimiento que pone en evidencia nuestros espiritualismos desencarnados y poco comprometidos.

Una segunda característica, que brota de la anterior, es que la espiritualidad ecológica es un camino de revalorización de la creación que humaniza a la persona. Lograr entablar relaciones armoniosas con la creación no puede entenderse sólo como una acción propia del instinto de autoconservación humano, es más que eso. Ante todo se trata de un camino para encontrar nuestra verdadera vocación a la vida y a comunión, la profundidad de nuestro ser personas sólo se descubre en relación con la creación. Por eso la espiritualidad ecológica es un camino abierto a Dios que pasa por el encuentro con lo mejor de nosotros mismos.

La tercera característica es que la espiritualidad ecológica es una experiencia afectiva. No hay un verdadero cuidado por las creaturas sin amor, sin una vinculación afectiva, sin un interés que toca lo más íntimo del propio ser. Desde la perspectiva sanjuanista las creaturas se aman porque nos guían a nuestra meta y nos hablan de nuestra meta (Dios). Desde este experimentar a Dios como el Amado, la creación entera se convierte en amor, porque es signo y reflejo del Él. Es nuestra creación a partir de esta religación afectiva, al estilo del Cantar de los Cantares: “mi amado es para mí y yo soy para mi amado” (Ct. 2, 16); y, por tanto, la relación se convierte en una relación de cuidado y valoración, de búsqueda y encuentro. Se podría hablar incluso de una eco-afectividad.

Finalmente la espiritualidad ecológica es capacidad de escucha y apertura al diálogo. Una escucha que no puede ser superficial y que brota del silencio contemplativo. Por esto su lenguaje es el lenguaje del amor y de la belleza. El ser humano debe aprender a reconocer en su corazón el llamado a escuchar la voz de la creación, pero para eso necesita una actitud contemplativa, libre de todo interés materialista-utilitarista y de apegos vanos. Sólo escuchando el silencioso grito de la creación podrá abrirse al diálogo con esta, y sólo dialogando encontrará el camino hacia su plenitud en el aquí y ahora de la historia.

Podemos concluir este intento de profundización en la espiritualidad ecológica con una frase sanjuanista muy conocida, con ella nos muestra cuál es el fin de la toda espiritualidad y nos recuerda el requisito que está de fondo en todo proceso de humanización: la conversión, en nuestro caso ecológica. Sin esta apertura a lo nuevo, a creer que se puede verdaderamente vivir de otro modo, tal y como nos lo dijo Jesús, es fútil cualquier palabra y esfuerzo por contribuir con el cuidado de nuestra casa común. Sólo aprendiendo a amar de un modo nuevo a cada una de las creaturas de Dios, viendo en ellas no sólo el rostro de Dios, sino también nuestro propio rostro, se podrá rescatar la armonía original de este palacio que Dios nos ha regalado y se ha regalado para habitar. Por eso no podemos olvidar el gran consejo de este santo: “a la tarde te examinarán en el amor; aprende a amar como Dios quiere ser amado y deja tu condición” (DLA 1, 60).

 

7. Referencias

Boff, L. (1996). Ecología: Grito de la tierra, grito de los pobres. Madrid: Trotta.

Bradley, I. (1993). Dios es “verde”. Cristianismo y medio ambiente. España: Sal Terrae.

Brocos, F. (1991). Las criaturas en el proceso espiritual de San Juan de la Cruz. En O. Steggink, Juan de la Cruz espíritu en llama (págs. 581-596). Roma: Intitutum Carmelitanum.

Francisco. (24 de mayo de 2015). Laudato Sii. Obtenido de Vatica.va: http://w2.vatican.va/content/francesco/es/encyclicals/documents/papa-francesco_20150524_enciclica-laudato-si.html

Francisco. (19 de marzo de 2018). Gaudete et exsultate. Obtenido de Vatican.va: http://w2.vatican.va/content/francesco/es/apost_exhortations/documents/papa-francesco_esortazione-ap_20180319_gaudete-et-exsultate.html

Juan Pablo II. (12 de enero de 2001). Audiencia General. Obtenido de Vatican.va: http://w2.vatican.va/content/john-paul-ii/es/audiences/2001/documents/hf_jp-ii_aud_20010117.html

Maroto, D. d. (25 de septiembre de 2018). San Juan de la Cruz y la naturaleza. Obtenido de Cipe: http://www.cipecar.org/es/c/?iddoc=5140

Pikaza, X. (2004). Amor de hombre, Dios enamorado. San Juan de la Cruz: una alternativa. España: Desclée de Brouwer.

Rodríguez, J. V. (1987). San Juan de la Cruz y la ecología. Revista de Espiritualidad, 109-133.

Ruiz de la Peña, J. L. (1986). Teología de la creación. España: Sal Terrae.