Panajachel 13 de octubre de 2018

“…país con cielo eternamente azul” (M. A. Asturias).

Hace treinta y ocho años, el 24 de marzo de 1980, asesinaron a Oscar Arnulfo Romero, arzobispo de El Salvador por sus homilías en defensa de los derechos humanos. Pagó por poner el dedo sobre las raíces de los males que aquejan a los pobres del planeta y denunciar las injusticias de quienes las sufren.En el momento del asesinato, estaba consagrando, con el cáliz elevado, cuando una siniestra bala le segó la vida.

El pueblo latinoamericano lo elevó de inmediato a los altares de sus creencias, sus esperanzas, sus recuerdos y sus luchas, llamándolo: “San Romero de América”. El mismo lo preconizó: “Si me matan resucitaré en el pueblo salvadoreño”. La resurrección siempre está por encima de la muerte. América Latina ha sido, y sigue siendo, el continente de la muerte con esperanza, porque cada vez que se produce un martirio, emerge con más fuerza y contundencia la verdad, la dignidad y la vida. Mañana, 14 de octubre será elevado “oficialmente” a santo el beato Oscar Arnulfo Romero. Ejemplo, en estos momentos, para tantos obispos, sacerdotes y seguidores de Jesús de Nazaret, que se llaman cristianos.

 

Jesús María Sarasa.