Por la celebración de la canonización de Monseñor Romero nos han enviado este artículo de la Universidad Landívar de los Jesuitas en Guatemala, queremos compartirlo con todos pues la figura de Mons. Romero sigue siendo una voz profética para nuestros pueblos de América Central.

En la vísperas de nuestra madre Teresa de Jesús, junto a ella y Romero, recordamos que el camino hacia Dios es un camino de humanización y compromiso que se sostiene sólo en la bondad y misericordia de Dios. 

Mons. Romero: el hombre de Dios que nos enseña a ser humanos

El 14 de octubre 2018, quedará marcado para siempre en la historia de los pueblos como el día en que se reconoció “oficialmente” que Mons. Romero fue un santo y que la santidad no es algo exclusivo ni alejado del mundo de los hombres, sino al alcance de todos. Se logra siendo humanos. Es decir, hombres y mujeres sensibles a quienes nos rodean, dando cabida a todos en nuestra vida, haciendo posible que nadie ni nada nos sea indiferente, apasionados por el bien y felicidad de los otros. Con Mons. Romero la santidad no es cuestión de cánones y minuciosas condiciones prescritas por curias y legislaciones eclesiales, sino de ser humanos, de vivir de acuerdo con nuestra naturaleza. Mons. Romero fue un hombre humano a quien santificó no las cosas sagradas sino su pueblo y, a su vez, el pueblo fue santificado por él.

¿Qué se puede decir de Mons. Romero que no se haya dicho? No solo con palabras sino con gestos y símbolos que día a día siguen pregonando que fue un santo. El pobrerío de que siempre está rodeada su tumba, las rodillas que se clavan en el suelo y quieren llegar hasta donde reposan sus restos, las candelas que indican que está vivo y sigue iluminando, etc., son signos que hablan más fuerte y con mayor poder de convicción que palabras eruditas. Tratemos de captar el mensaje que todo esto nos ofrece.

 1.- Nuestra realidad

Mons. Romero, aunque fue martirizado hace 38 años (24.3.80), es un santo actual, de hoy y para hoy. Por eso, con ocasión de su canonización, debemos acercarnos a él y permitir que nos hable sobre cómo tenemos que ser y qué debemos hacer en nuestra realidad, como él lo hizo en la suya.

Actualmente vivimos una situación muy parecida a los años 80. Podemos decir que el escenario es el mismo aunque con distintos actores. Es más. Si nos atenemos a los hechos, noticias y estadísticas que nos ofrecen los medios de comunicación, encontramos que la realidad histórica que vivimos no ha mejorado desde entonces sino que se ha deteriorado aún más, tanto social como eclesialmente. La pobreza se ha agudizado, los abusos de poder se han multiplicado, la corrupción ha crecido, la inmunidad de los culpables se ha acorazado; el clericalismo está desfigurando la Iglesia, el diálogo casi ha desaparecido, etc. En esta situación, ¿tendrá algo que decirnos Mons. Romero y cómo debemos escucharle?

 

  1. Mons. Romero, hombre de Dios

Lo primero que llama la atención de Mons. Romero es que fue un hombre de Dios. Con esta expresión quiero decir que Dios, en su realidad humana Jesús de Nazaret, fue el que inspiró, dirigió e hizo posible su opción por el pueblo pobre y sufriente, por humanizar lo inhumano. No podía ser de otra manera porque las preocupaciones principales de Jesús fueron aliviar el sufrimiento, dar de comer a los que tenían hambre, acoger a quienes la sociedad marginaba y reprimía con impuestos y otros gravámenes que hacían más miserable su vida. Mons. Romero, también dedicó su vida a esta finalidad y por eso fue un hombre de Dios.

Cuando decimos “hombre de Dios”, parece que la expresión nos lleva a olvidarnos de la tierra y elevarnos al cielo. Sin embargo, hoy tenemos cada día más claro que para ser personas de Dios, necesitamos antes encarnarnos en la tierra. Esto fue lo que hizo Jesús, quien para santificarnos, en su encarnación puso la casa de Dios en medio de los hombres (Jn 1,14).  Por eso, cuanto más encarnados y más humanos seamos, más nos acercamos a Dios que habitó entre nosotros como un hombre cualquiera (Heb 4,15).

El objetivo de Mons. Romero fue hacer esto realidad. Su vida, como la de Jesús, fue confundirse con los pobres, defender sus derechos y su dignidad. Por eso decía que la Iglesia “no puede abandonar a los pobres sin traicionar su propia misión” (Carta Pastoral 5). Mons. Romero es un santo, un hombre de Dios, porque antes fue una persona profundamente humana. Mejor, su profundo humanismo fue lo que le hizo santo. Por eso era tan sensible a todo lo relacionado con la vida humana y los pobres, que son los que tienen la vida más amenazada: “Este es el pensamiento fundamental de mi predicación. Nada me importa tanto como la vida humana… Es algo tan serio y tan profundo, más que la violación de cualquier otro derecho humano, porque es la vida de los hijos de Dios, y porque esa sangre no hace sino negar el amor, desertar nuevos odios, hacer imposible la reconciliación y la paz. ¡Lo que más se necesita hoy aquí es un alto a la represión!” (16.3.80).

Llama la atención que, a medida que se acercaba la fecha en que fue matado, más acentuaba la sacralidad de la vida humana y su identificación con el Dios de Jesús, cuyo objetivo fue la fraternidad y solidaridad. Por eso, cuando se atrevió a firmar su sentencia de muerte, la identificación fue total: “En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, ¡les ordeno!, ¡cese la represión!” (23.3.80).

 

  1. Mons. Romero, divinamente humano

Teniendo en cuenta lo anterior, ¿cómo podemos celebrar su canonización? ¿Qué nos pide a quienes no podemos contener la alegría y emoción de ver reconocidas en este hombre las huellas de Dios? Partiendo de nuestra realidad, la respuesta es sencilla: que seamos más humanos y de esta forma seremos más divinos. Quizá sea éste el mensaje más claro y más fuerte de Mons. Romero para la sociedad y para la Iglesia actual. Da la impresión de que queremos acercarnos a Dios alejándonos de los hombres y no teniéndoles en cuenta. No pensamos que el plan de Dios fue crear un mundo donde los seres humanos vivamos felices y busquemos la forma de hacernos felices mutuamente. Importa más el poder, la exclusión del otro para que nadie me haga sombra, alimentar la egolatría, las reglas, las normas, la religión, etc., que la felicidad del ser humano y evitar el sufrimiento. Ya lo advirtió Jesús recordando un pasaje de Isaías: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón estás lejos de mí; en vano me dan culto, pues las doctrinas que enseñan son preceptos humanos” (Mt 5,8-9).

Por eso, en una sociedad y en una Iglesia tan deshumanizados, este mensaje de Mons. Romero es de tanta importancia y tan necesario recordarlo con ocasión de su canonización. El predominio del individualismo, la falta de sensibilidad, la letra muerta de tantos preceptos prescindiendo de las personas, estructuras inútiles, etc., es lo contrario de lo que tantas veces denunció y practicó Mons. Romero. Su humanismo le llevó a la santidad. Lo contrario, ¿a dónde nos llevará? “Yo creo, hermanos, que los santos han sido los hombres más ambiciosos. Los que han querido ser grandes de verdad… Eso es lo que yo ambiciono para todos ustedes y para mí; que seamos grandes, ambiciosamente grandes, porque somos imágenes de Dios y no nos podemos contentar con grandezas mediocres” (23.9.79). La ambición de Mons. Romero a la santidad, la realizó siendo divinamente humano.

Angel García-Zamorano