BIOGRAFÍA

 

Vida Familiar

María Francisca Teresa Martin Guérin nació en Alençon (Francia) el 2 de enero de 1873. Sus padres fueron los beatos Luis Martin y Celia Guerin. Fue la última de los nueve vástagos de este santo matrimonio de los que sobrevivieron cinco hijas: María, Paulina, Leonia, Celina y Teresa. El primer año de su vida tuvo que ser criada en el campo por una nodriza, pues su madre no podía alimentarla. Sus primeros años de vida fueron muy felices, pero cuando la niña tenía cuatro años, murió su madre de cáncer. Esto afectó mucho a Teresita, que pasó de ser una niña vivaracha y efusiva, a ser tímida, callada e hipersensible, a pesar de que su padre y hermanas redoblaron su ternura con ella.

La familia se trasladó a Lisieux, cerca de sus tíos, los señores Guérin. Cuando su hermana Paulina ingresa en el Carmelo en 1882, Teresa sufre como una segunda orfandad materna. Al año siguiente le sobreviene una “extraña enfermedad”, con alucinaciones y temblores. Un día, mientras sus hermanas rezaban por ella, le pareció que la sencilla estatua de la Virgen que tenía cerca, le sonreía, y se sintió curada.

La primera comunión de la niña, al año siguiente, fue un día sin nubes en el que se entregó a Jesús. Su alma se relacionaba con Dios con espontaneidad y amor. A pesar de ello, influenciada por el moralismo de la época, pasó una larga temporada en la que sufrió de terribles escrúpulos. Su hermana María trataba de ayudarla con gran pedagogía.

En la Navidad del año 1886, un par de meses después de la entrada de María en el Carmelo, Teresa recibe lo que llamó la “gracia de su conversión”, en la que superó su extrema sensibilidad y comenzó a hallar su felicidad olvidándose de sí misma para dar gusto a los demás.

Al año siguiente, tras conseguir el permiso de su padre para ingresar en el Carmelo, peregrinó a Roma donde, en una audiencia con el Papa León XIII, le pidió el permiso para entrar al Carmelo a pesar de su juventud.

Vida en el Camelo

El 9 de abril de 1888, Teresa entró en el Carmelo con el nombre de Teresa del Niño Jesús. A este nombre le añadiría posteriormente “y de la Santa Faz”, cuando su padre sufrió periodos de alucinaciones y hubo de ser ingresado en un psiquiátrico. Enfermedad que él vivió con gran fe, pero por la que sus hijas sufrieron mucho.

En el Carmelo, Teresita ahondó en la Sagrada Escritura, fundamentalmente en los Evangelios, donde veía las huellas de Jesús. También las lecturas del antiguo testamento, cuando el profeta Isaías habla del amor maternal de Dios o del “Siervo de Yahvé”, le conmovieron profundamente. San Juan de la Cruz fue su maestro espiritual, con cuya lectura profundizó en el camino del amor.

Tras el periodo de formación, pasó a ser formadora de las jóvenes, aunque sin el “título” oficial, siendo maestra de su hermana Celina. También se escribió con dos misioneros. Por medio de estas cartas, estableció con ellos una relación no solo fraterna, sino de verdadero acompañamiento espiritual. En una época en que muchos creyentes se ofrecían como víctimas de la ira de Dios, Teresa se ofrece a su Amor Misericordioso, entendiendo que la justicia divina –como el resto de sus atributos– está siempre impregnada de misericordia.

Con los años, va creciendo su experiencia del amor incondicional y gratuito de Dios, sintiéndose llamada a vivir en el agradecimiento y abandono confiado de un niño en brazos de su madre. Esto le conduce a entender el valor de las más pequeñas obras realizadas por amor (y no por ganar méritos), afinando en el amor cotidiano, en los más mínimos detalles. Llega a entender que su vocación en la Iglesia es el amor. Mujer sencilla, que vivió sin hechos extraordinarios, sin éxtasis ni milagros, conoció la aridez en la oración y las incomprensiones, lo que nunca le quitó una serena alegría y una paz que cada vez colmaban más su corazón.

En la Pascua de 1896, Teresa tiene una hemoptisis, síntoma de la tuberculosis. Tres días después, comienza la prueba de la fe, que duró hasta su muerte. Prueba en la que no puede creer en la vida eterna y que describe estremecedoramente. La sobrelleva con actos mayores de fe y amor. Murió el 30 de septiembre de 1897.

Sus escritos son las Cartas, unos Poemas, pequeñas obras de teatro para fiestas comunitarias, algunas Oraciones, las anotaciones que hicieron sus hermanas en su enfermedad y la Historia de un alma. Este último escrito, relato de su historia de salvación, revolucionó la espiritualidad de la Iglesia hasta el punto de ser declarada doctora universal de la Iglesia. También es la patrona universal de las misiones.

Su fiesta se celebra el 1 de octubre.

OBRAS

Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz demuestra en sus obras y escritos un ardiente itinerario espiritual cargado de madurez, con intuiciones vastas y profundas de fe que la hacen merecedora de un lugar entre los grandes maestros espirituales como lo son: Teresa de Jesús y Juan de la Cruz. Proclamada como las más joven Doctora de la Iglesia por san Juan Pablo II el 19 de octubre de 1997, Teresa no solo nos muestra una vida de entrega a Dios sino que nos enseña la sencillez de la santidad en la cotidianidad, descubriendo en su vida y su doctrina la verdad del amor como base de nuestras obras y corazón de la Iglesia. Este descubrimiento hecho en obras resplandece con particular claridad en esta santa, convirtiéndose en un modelo atractivo para muchos quienes al leer su «Historia de un alma», quedan asombrados con la sencillez de sus palabras y su experiencia. Esta es sin duda su obra cúspide, publicado por primera vez en octubre de 1898 (un año después de su muerte), ha logrado un gran impacto en quienes lo leen. Su difusión alcanzó en quince años cerca de los doscientos mil ejemplares. La «Historia de un alma» es, después del Evangelio y toda la Biblia, el libro más difundido, más traducido, y, sin duda, de mayor influencia en el siglo XX, y lleva camino de serlo también en el siglo XXI. Su lectura también ha ayudado a mucho a descubrir su vocación religiosa entre ellos: la beata Teresa de Calcuta y la beata María Inés Teresa Arias; también ha influido en la conversión de muchos a la fe.

Poco se conoce además de la «Historia de un alma» de los diversos escritos de Santa Teresita. Además de su autobiografía también destacan sus Poesías, sus Oraciones compuestas por ella misma y sus Cartas, en su mayoría dirigidas a sus familiares y a personas allegadas al monasterio de Lisieux. Es otra forma más de acercarse a su persona y su espiritualidad. Otro aspecto literario desconocido por muchos sobre Teresita son sus Obras Recreativas, un conjunto de 8 escenas teatrales compuestos por ella misma para los días festivos y celebraciones especiales en el Carmelo de Lisieux: como la celebración de una toma de hábito o los votos perpetuos de una hermana. Las obras eran recreadas por las mismas monjas del Carmelo, entre ellas Teresa, y se exponían durante la recreación comunitaria. Estas obras toman como base los mismos Evangelios y escenas bíblicas escogidas por su autora.

Sus obras completas son:

  • Historia de un alma (Manuscrito A, B y C)
  • Cartas
  • Poesías
  • Oraciones
  • Cuaderno Amarillo (Palabras recogidas por sor Inés de Jesús (Paulina) durante sus últimos meses de vida)
  • Últimas Conversaciones (Palabras recogidas por dos hermanas: Sor Genoveva de la Santa Faz (Celina) y Sor María del Sagrado Corazón (María), dos partes dividiendo lo escrito por las hermanas)
  • Obras Recreativas

ESPIRITUALIDAD

La espiritualidad de Santa Teresita del Niño Jesús se podría resumir en la virtud que más deseó y practicó en su vida: la caridad. Su confianza en la Misericordia de Dios la llevó a una audacia en la fe y a albergar su corazón deseos que ella misma describe como inmensos entre ellos la santidad, vocación y misión de todo cristiano. Ante esto ella escribirá: «Dios no puede inspirar deseos irrealizables, por lo tanto, a pesar de mi pequeñez, puedo aspirar a la santidad.» (Ms C, 2v)

Su vocación la descubrirá ante la búsqueda de respuestas ante sus muchos deseos de salvar almas, en la lectura de los Evangelios y las epístolas de san Pablo. «La caridad me dio la clave de mi vocación. Comprendí que si la Iglesia tenía un cuerpo, compuesto por diferentes miembros, no le faltaba el más noble de todos: comprendí que la Iglesia tenía un corazón y que este corazón ardía de amor. Comprendí que sólo el Amor hacía actuar a los miembros de la Iglesia: que si el Amor se apagara, los apóstoles no anunciarían el Evangelio, los mártires no querrían derramar su sangre (…). Comprendí que el amor encerraba todas las vocaciones (…). Entonces, con alegría desbordante, exclamé: oh Jesús, Amor mío, (…) por fin he encontrado mi vocación. Mi vocación es el Amor» (Ms B, 3 v).

Esta experiencia de su espiritualidad será nombrado por ella misma como: «mi caminito» (Ms C, 2v – 3r)  que consiste en una confianza total y a ciegas en la Misericordia de Dios, como un niño en los brazos de su Madre (Sal 130, 2) en donde los brazos de Jesús son como un ascensor al cielo. El fruto de la infancia espiritual, junto con el amor, son la esperanza y la humildad del alma en una entrega a Dios sin reserva y para siempre, fe en su omnipotencia, en su sabiduría y en su bondad. Es un acto de confianza en Dios, es sobre todo el término y la consecuencia del amor. Escribió la Santa. «Desde hace mucho tiempo ya no me pertenezco, estoy entregada totalmente a Jesús, por lo tanto, Él es libre de hacer conmigo lo que le plazca.» (Ms C, 10 v)

OFRENDA AL AMOR MISERICORDIOSO

J.M. † J. T.

Ofrenda de mí misma,
como víctima de holocausto,
al amor misericordioso de Dios.

¡Oh, Dios mío, Trinidad Bienaventurada!, deseo amaros y haceros amar, trabajar por la glorificación de la Santa Iglesia, salvando las almas que están en la tierra y librar a las que sufren en el purgatorio. Deseo cumplir perfectamente vuestra voluntad y alcanzar el puesto de gloria que me habéis preparado en vuestro reino. En una palabra, deseo ser santa, pero comprendo mi impotencia y os pido, ¡oh, Dios mío!, que seáis vos mismo mi santidad.

Puesto que me habéis amado, hasta darme a vuestro único Hijo como Salvador y como Esposo, los tesoros infinitos de sus méritos son míos; os los ofrezco con alegría, suplicándoos que no me miréis sino a través de la Faz de Jesús y en su Corazón ardiendo de Amor.

Os ofrezco también todos los méritos de los santos (los que están en el cielo y en la tierra), sus actos de amor y los de los Santos Ángeles; en fin, os ofrezco, ¡oh Trinidad Bienaventurada!, el amor y los méritos de la Santísima Virgen, mi Madre querida; en sus manos pongo mi ofrenda, rogándola que os la presente. Su divino hijo, mi Amado esposo, en los días de su vida mortal, nos dijo: «Todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os será concedido». Estoy, pues, segura que escucharéis mis deseos; lo sé, ¡oh, Dios mío!, cuanto más queréis dar, más hacéis desear. Siento en mi corazón deseos inmensos y os pido con confianza que vengáis a tomar posesión de mi alma. ¡Ah!, puedo recibir la sagrada comunión con tanta frecuencia como lo desee; pero, Señor, ¿no sois vos Todopoderoso?… Permaneced en mí, como en el sagrario, no os apartéis jamás de vuestra pequeña hostia…

Quisiera consolaros de la ingratitud de los malos y os suplico que me quitéis la libertad de ofenderos; si por debilidad, caigo alguna vez, que inmediatamente vuestra divina mirada purifique mi alma, consumiendo todas mis imperfecciones, como el fuego, que transforma todas las cosas en si mismo…

Os doy gracias, ¡Dios mío!, por todos los favores que me habéis concedido, en particular por haberme hecho pasar por el crisol del sufrimiento. Os contemplaré con gozo el último día, cuando llevéis el cetro de la cruz. Y ya que os habéis dignado hacerme participar de esta preciosa cruz, espero parecerme a vos en el cielo y ver brillar sobre mi cuerpo glorificado las sagradas llagas de vuestra Pasión…

Después del exilio de la tierra, espero ir a gozar de vos en la Patria, pero no quiero amontonar méritos para el cielo, sólo quiero trabajar por vuestro amor, con el único fin de agradaros, de consolar vuestro Sagrado Corazón y salvar almas que os amen eternamente.

A la tarde de esta vida, me presentaré delante de vos con las manos vacías, pues no os pido, Señor, que tengáis en cuenta mis obras. Todas nuestras justicias tienen manchas ante vuestros ojos. Quiero, por tanto, revestirme de vuestra propia Justicia, y recibir de vuestro amor la posesión eterna de vos mismo. No quiero otro trono y otra corona que a Vos, ¡oh Amado mío!

A vuestros ojos el tiempo no es nada, un solo día es como mil años; vos podéis, pues, prepararme en un instante, para presentarme ante vos…

Para vivir en un acto de perfecto amor, ME OFREZCO COMO VÍCTIMA DE HOLOCAUSTO A VUESTRO AMOR MISERICORDIOSO, suplicándoos que me consumáis sin cesar, dejando desbordar, en mi alma, las olas de ternura infinita que tenéis encerradas en vos y que, de ese modo, me convierta en mártir de vuestro amor, ¡oh, Dios mío!

Que este martirio, después de prepararme para presentarme ante vos, me haga finalmente morir y que mi alma se lance sin tardanza en el abrazo eterno de vuestro amor misericordioso…

Quiero, ¡oh, Amado mío!, a cada latido de mi corazón, renovar esta ofrenda un número infinito de veces, hasta que las sombras se hayan desvanecido y pueda repetiros mi amor en un cara a cara eterno…

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MARÍA, FRANCISCA, TERESA DEL NIÑO JESÚS Y DE LA SANTA FAZ, rel. car. ind.

Fiesta de la Santísima Trinidad, 9 de junio del año de gracia de 1895